lunes, 15 de septiembre de 2008

MODIFICACIÓN: Mi alma por un best seller

Estrenamos experimento en Imaginauta. Nuestro colaborador Chuelo, azote de judíos, horror de los franceses, el auténtico diablo para la comunidad sionista gabacha se atreve a publicar en este medio su primer cuento expuesto a ojos del gran público. Para facilitar la digestión a vuestras débiles pupilas hemos colgado un primer capítulo, a modo de aperitivo, e invitamos a todo aquel que desee saber como sigue la historia a enviarle un correo a su autor a darthchuelo@hotmail.com.

Os quiero.


PRIMERA PARTE

I

Mientras me dejaba masajear los ojos por las manos de una intérprete de lengua de signos que aparecía en un recuadrito de la pantalla de televisión, explicando a un minoritario público qué es lo que sucedía en el mundo durante la edición matinal del telediario, me esforzaba por sacar de mi cerebro un idea, una sola idea que me permitiera finalizar la larga, tediosa e incluso asqueante travesía del desierto en el que me encontraba. No fue algo premeditado, sencillamente buscaba algo con lo que vaciar mi mente, y qué mejor sistema que centrar toda la atención en un código de comunicación totalmente desconocido por mí. Obviamente había bajado el volumen de la tele con anterioridad para evitar que el vulgar castellano, lengua sobradamente conocida por un servidor desde el momento en que pronuncié la palabra “papa”, no entorpeciera mi proceso de investigación de dimensiones casi arqueológicas en busca de una idea con absurdos sucesos como la aprobación de una ley orgánica, las retenciones en la A4, o el número de muertos resultante del impacto de un misil en un colegio de la franja de Gaza a causa de la idiocia del pueblo judío.

Seguro que más de uno hubiera pensado que mi sistema era simple y llanamente una memez fruto del aburrimiento, pero cada vez que veía el telediario terminaba por quedarme absorto con la intérprete, con aquellos movimientos que rozaban lo marcial, con todos esos gestos que para mí no encerraban significado alguno, pero que tenían un efecto casi hipnótico para una mente como la mía. Por eso pensé un día que podía usarlos para que se deslizaran por mi cabeza a través de mis ojos como un mantra visual, para vaciar mi mente, y permitirme así encontrar la idea que se negaba a aparecer. Sencillamente se trataba del último sistema que se me había ocurrido para reencontrarme con la creatividad. Había muchos más, y todos ellos, aunque en excepcionales situaciones podían haber resultado útiles, finalmente habían ido fracasando de forma estrepitosa. Había perdido la cuenta: mirar al cielo, leer noticias de sucesos extraños, dormir durante todo el día, no hacerlo durante la noche, fijar la vista sobre la pantalla del procesador de textos en blanco, drogarme, e incluso encerrarme en mi apartamento durante semanas haciendo caso omiso de la necesidad de mantener mis hábitos de higiene personal, y comiendo poco más que yogures y galletas rancias. Pero por extraño que parezca, ninguna de las técnicas mencionadas acababa de surtir efecto. Sencillamente se trataba de algo que tenía que ocurrir un día u otro, pero no tan pronto, después de diez años y cuarto trabajando como guionista en un miserable late show televisivo, todas mis ocurrencias se habían esfumado. Teniendo en cuenta que este trabajo debía representar únicamente un paso previo a mi salto a las editoriales, más hubiera valido no hacerse ilusiones y ponerme a estudiar ingeniería industrial, o algo por el estilo.

La intérprete, totalmente ajena a mi crisis personal, a mi trimestre de completa sequía durante el cual había tenido que pedir una excedencia alegando unos inexistentes motivos familiares, seguía moviendo sus manos en todas las direcciones. En ese momento era incapaz de pensar en nada, hasta el punto de no saber si me encontraba en pie frente a la televisión, o sentado en el roñoso sofá de dos plazas a juego con la falta de limpieza de mi apartamento. El edificio podía estar ardiendo y yo hubiera seguido allí, parado frente a la pantalla, fijando mi vista en aquella chica vestida de negro sobre un fondo azul, sin nada en mi cabeza más que dos manos. Entonces apareció la idea. Desperté de golpe y fui corriendo hacia el ordenador, lo encendí y me puse a escribir la genialidad que se me había ocurrido. Parecía ser que, por fin, había una luz al final del túnel.

Catorce páginas y media después, el documento escrito con fuente Arial 12 a espacio y medio de interlineado había pasado a la papelera de reciclaje, nombre para mí totalmente eufemístico, y de ahí, sólo necesitó dar un pasito más para desaparecer en forma de bits que se pierden para la eternidad en las profundidades del hiperespacio. Era algo que ya no me traumatizaba. Mi reacción en estos casos era continuar sentado en el escritorio y utilizar el teclado del ordenador como un piano imaginario mientras interpretaba Para Elisa silbando.

Tras la ovación del público fui a la cocina en busca de algo para deglutir, como la nevera no contenía ningún alimento libre de moho, me limité a sentarme en el taburete para buscar los infinitos significados contenidos en las cenefas del alicatado de la pared. Tenía que encontrar algo, no podía ser que, poco después de los treinta, hubiera plasmado toda mi literatura en un programucho nocturno de tres al cuarto.

Mareado por los ires y venires de las líneas del alicatado me levanté y eché una mirada sobre la pantalla del televisor sin moverme de la cocina, era un apartamento muy pequeño. El aparato estaba apagado, yo no recordaba haberlo desconectado, y en otra ocasión no le hubiera dado importancia dado mi habitual estado de confusión mental fruto de la falta de alimentación durante los últimos meses. Pero en aquel momento me quedé con una extraña sensación en el cuerpo, mezcla de frío y calor, algo realmente desasosegante. Enseguida agité la cabeza, regresé a la consciencia y, volviendo a mis cavilaciones sobre la necesidad de recuperar la inspiración literaria, dije por decir:

–Vendería mi alma por una buena idea.

Y en el preciso instante en que dejé de pronunciar la letra “a” de la palabra “idea” sonó el timbre de puerta después de más de tres meses sin que nadie pusiera su dedo índice en el botón que lo activaba.

3 comentarios:

Alejandro dijo...

Imaginauta, estoy aquí a raíz de tu comentario en mi nuevo blog.

Mira, de verdad, si tu llamas plagio a tener la misma plantilla y a poner una foto de di estefano, bueno, pues disculpas. Pero de verdad, lo que no puedo concebir es que veas parecido Ecos del Balon a Lecciones de la Pelota, sinceramente. Yo quitaré la foto y pondré otra plantilla, no quiero malos rollos, pero me cuesta entenderlo.

Un abrazo

Alejandro dijo...

Ahora que lo miro detenidamente, el formato del vídeo es muy parecido al vuestro, mis más sinceras disculpas. Lo cambiaré cuando tenga un poco de tiempo.

Un abrazo y espero q no te molestes

imaginauta dijo...

@alejandro

Hola tío. Acabo de ver esta respuesta.

Hombre, nos a sorprendido un poco el tema en global. Es decir, al ver la plantilla, la foto del mismo estilo e incluso un título que se parece -en el sentido de que ambos se refieren a algo que hace la pelota-, más la edición de vídeos que tu comentas...

Bueno que nos daba la sensación de que ambos eran demasiado similares.

En todo caso tu eres libre de llevar tus blogs como mejor te parezca y considera lo que te decimos como un consejo.

No le des más vueltas.

Un saludo